William Shakespeare escribió “Antonio y Cleopatra” en 1606.
Vicente Molina Foix adapta 415 años después esta obra, con un lenguaje
abarcable y accesible para el público actual e inusualmente divertido para un
clásico de esta envergadura.
El tándem con el director, José Carlos Plaza, como en
anteriores ocasiones funciona a la perfección, consiguiendo un resultado sorprendentemente
dinámico. Teniendo en cuenta la duración de la función (2 horas 50 minutos) y
una escenografía igualmente óptima tanto para el escenario del Teatro Adolfo
Marsillach de Almagro como para el teatro romano de Mérida. Aparentemente
austero, consigue convertirse ante nuestros ojos en una galera, un mausoleo,
Roma, Egipto o la antesala del mismísimo cielo.
Referente a la labor actoral, cabe destacar la versatilidad
de los pequeños pero certeros papeles de Elvira Cuadrupani, José Cobertera,
Carlos Martínez-Abarca e Israel Frías, incluso de espaldas.
Fernando Sansegundo es Lépido. Con él comienza y de alguna
manera también termina la acción, hilo conductor de la misma. Qué destacable
resulta la contundencia de su voz y indispensables presencias en el escenario.
Luis Rallo es el Eunuco que predice la tragedia. Una muy
buena interpretación para un papel complejo, ya que un paso erróneo podría
dirigirlo a la bufonada y sin embargo, el resultado elegante e intachable.
Rafa Castejón, mensajero. Consigue que se empatice con su
personaje con honestidad y naturalidad. Un trabajo limpio que consigue mantener
al espectador atento a su “amigo”.
Javier Bermejo, el César.
Con un físico que a priori podría pensarse que sería comido por Antonio,
nada más lejos de la realidad. Óptima entonación que junto a la claridad y
luminosidad de su voz y sus formas, alcanza un inmenso César.
Ernesto Arias (Enobardo), es nuestro narrador. Y no podía
haber otro mejor. Con su impoluta dicción y su presencia en el escenario, brilla
sobre las tablas y es el complemento necesario para la consecución de la
redondez de la obra.
Olga Rodriguez es Carmia. Fiel sirviente de Cleopatra y del
conjunto de la obra. Es tan agradable para el público apreciar la emoción de un
artista sobre el escenario… Y Olga transmite esa emoción desde que comienza la
obra hasta los aplausos finales. Gracias!
Lluís Homar es Antonio y sin duda, el mejor actor que podría
representarlo. Nos hace pensar, llorar, reír y viajar con él hasta sus delirios.
Probablemente, en este tipo de papeles, la experiencia sea un añadido importante,
pero cuando se dispone de tanta variedad recursos y tan brillantes, un giro de
cabeza consigue la atención del aforo completo. Esa capacidad de trasmitir y
acompañar el texto con sus poderosas manos.
Ana Belén es Cleopatra, reina de Egipto. No sé si existen
más calificativos para poder describir de lo que ella es capaz desde un escenario.
Sabiendo que no puedo ser objetiva porque admiro y quiero a este animal
escénico, no creo que haya nadie que haya tenido la suerte de ver “Antonio y
Cleopatra” y no haya disfrutado de su inmensidad escénica. Posee tantos matices, desde la delicadeza más
sutil hasta la bravura más extrema en ese pequeño cuerpo, capaz de iluminarlo
todo… Cleopatra, reina de Egipto y Ana Belén, reina del teatro clásico.
Al acabar de ver la obra y tras sentir dolor en las palmas
de tanto aplaudir, solamente queda agradecer todo el trabajo que se aprecia
detrás y que durante casi 3 horas, el espectador, puede disfrutar.
¡Qué viva el teatro…clásico!


