martes, 13 de julio de 2021

Antonio y mi Cleopatra

 

William Shakespeare escribió “Antonio y Cleopatra” en 1606. Vicente Molina Foix adapta 415 años después esta obra, con un lenguaje abarcable y accesible para el público actual e inusualmente divertido para un clásico de esta envergadura.

El tándem con el director, José Carlos Plaza, como en anteriores ocasiones funciona a la perfección, consiguiendo un resultado sorprendentemente dinámico. Teniendo en cuenta la duración de la función (2 horas 50 minutos) y una escenografía igualmente óptima tanto para el escenario del Teatro Adolfo Marsillach de Almagro como para el teatro romano de Mérida. Aparentemente austero, consigue convertirse ante nuestros ojos en una galera, un mausoleo, Roma, Egipto o la antesala del mismísimo cielo.


Referente a la labor actoral, cabe destacar la versatilidad de los pequeños pero certeros papeles de Elvira Cuadrupani, José Cobertera, Carlos Martínez-Abarca e Israel Frías, incluso de espaldas.

Fernando Sansegundo es Lépido. Con él comienza y de alguna manera también termina la acción, hilo conductor de la misma. Qué destacable resulta la contundencia de su voz y indispensables presencias en el escenario.

Luis Rallo es el Eunuco que predice la tragedia. Una muy buena interpretación para un papel complejo, ya que un paso erróneo podría dirigirlo a la bufonada y sin embargo, el resultado elegante e intachable.

Rafa Castejón, mensajero. Consigue que se empatice con su personaje con honestidad y naturalidad. Un trabajo limpio que consigue mantener al espectador atento a su “amigo”.

Javier Bermejo, el César.  Con un físico que a priori podría pensarse que sería comido por Antonio, nada más lejos de la realidad. Óptima entonación que junto a la claridad y luminosidad de su voz y sus formas, alcanza un inmenso César.

Ernesto Arias (Enobardo), es nuestro narrador. Y no podía haber otro mejor. Con su impoluta dicción y su presencia en el escenario, brilla sobre las tablas y es el complemento necesario para la consecución de la redondez de la obra.

Olga Rodriguez es Carmia. Fiel sirviente de Cleopatra y del conjunto de la obra. Es tan agradable para el público apreciar la emoción de un artista sobre el escenario… Y Olga transmite esa emoción desde que comienza la obra hasta los aplausos finales. Gracias!

Lluís Homar es Antonio y sin duda, el mejor actor que podría representarlo. Nos hace pensar, llorar, reír y viajar con él hasta sus delirios. Probablemente, en este tipo de papeles, la experiencia sea un añadido importante, pero cuando se dispone de tanta variedad recursos y tan brillantes, un giro de cabeza consigue la atención del aforo completo. Esa capacidad de trasmitir y acompañar el texto con sus poderosas manos.

Ana Belén es Cleopatra, reina de Egipto. No sé si existen más calificativos para poder describir de lo que ella es capaz desde un escenario. Sabiendo que no puedo ser objetiva porque admiro y quiero a este animal escénico, no creo que haya nadie que haya tenido la suerte de ver “Antonio y Cleopatra” y no haya disfrutado de su inmensidad escénica.  Posee tantos matices, desde la delicadeza más sutil hasta la bravura más extrema en ese pequeño cuerpo, capaz de iluminarlo todo… Cleopatra, reina de Egipto y Ana Belén, reina del teatro clásico.


Al acabar de ver la obra y tras sentir dolor en las palmas de tanto aplaudir, solamente queda agradecer todo el trabajo que se aprecia detrás y que durante casi 3 horas, el espectador, puede disfrutar.

¡Qué viva el teatro…clásico!

 

 

jueves, 4 de marzo de 2021

Mi Eva contra mi otra Eva

 

¿Una o dos “Evas”? ¿No somos la misma persona en nuestra juventud y en nuestra madurez? Y sin embargo, no solemos pensar, opinar o actuar de la misma manera ni en el terreno personal y mucho menos en el profesional. ¿Se pueden entender dos generaciones enfrentadas? ¿O no es enfrentamiento y es simplemente miedo, cuando debería ser complementariedad?

Silvia Munt dirige una versión libre de la cinematográfica “Eva al desnudo” de una manera magistral. Ha sabido elegir a su elenco con un tino impresionante y los exprime al máximo, consiguiendo de ellos un trabajo redondo de un libreto sublime, adaptación de Pau Miró. La escenografía de Enric Planas nos consigue transportar al lugar que ellos deciden y probablemente es lo más sorprendente para el espectador.

Más sorprendente aún es que destaque tanto la iluminación en un trabajo teatral. En este caso, David Bofarull consigue matizar y enfatizar las escenas de una manera inusual y conmovedora.

 

Reparto

Mel Salvatierra

Eva. El hilo del que tira la otra Eva. El fantasma, el espejo, su ego, su rival, su mitad, su pasado… Ella.

La frescura de Mel es tanta, que nos hace olvidar que entre todos sus compañeros hay infinitas más horas de tablas. Unifica, aporta y suma. No parece que le pese la carga del inmenso papel ya que su dicción y su peso en escena es óptimo. Esa mezcla de joven talento y esmerado trabajo nos provoca muchas ganas de seguir su predecible firme y seria carrera.

                                       Fotografía: Javier Naval

Javier Albalá

El director. El generador del conflicto, enlace entre “Evas”.

Javier tiene una muy sólida presencia sobre el escenario. Es cálido y enérgico. Consigue el punto perfecto tanto en la modulación de la voz como en sus movimientos, tanto en duelos interpretativos como sólo. Desde la platea es un gusto admirarle.

Ana Goya

La representante, siempre “cuidando” de Eva.  Todos tenemos algo de su personaje, es el más cercano, perfectamente reconocible.

Ana consigue sacarnos sonrisas durante esta obra hasta que al final y solamente con una mirada, protagoniza el momento más conmovedor. ¡Solamente con una mirada! Ese momento de actriz sublime.

Manuel Morón

Crítico teatral, entre otras cosas, porque en realidad es la voz de la conciencia, en este caso, de nuestros personajes.

La voz en esencia es él. ¡Qué gusto da oír esa voz tan perfecta para el teatro! Consigue con esa arma que posee, llegar a la conciencia y al corazón del espectador, y claro, te gana. Consigue ser duro y entrañable. Finaliza con la ternura de sus gestos emocionándote.

                                        Fotografía: Javier Naval

Ana Belén

Eva, la gran Eva, la reina destronada. La intensidad.

No hay posibilidad de escribir algo original sobre el trabajo teatral de la gran Ana Belén. En mi caso, mi debilidad manifiesta por ella lo hace aún más complejo.

Después de tantas Electra, Fedra, Medea, Kathie, Helena… difícil misión tenía, para podernos sorprender con su trabajo. Pues ella lo hace, ¡y cómo lo hace!... No es que la dicción, sus movimientos, sus gestos, sus miradas sean perfectas, que lo son, es que su sola presencia, en una esquina del escenario mientras transcurre otra acción sobre el mismo, enmudece. No sé cuántos minutos dura esa escena, pero es complicado mirar hacia otro lugar o prestar atención a otro punto porque allí está ella, con la mirada perdida, temblando, tensa, en un rincón, sentada en una silla.  Se aprecia tanto trabajo y entrega que solamente apetece aplaudir y agradecer la posibilidad que tenemos de seguir disfrutando desde la platea.

                                                        Fotografía: Diego González


¡Que viva el teatro!