La obra las
tres hermanas de Antón Chéjov, se estrenó en 1901 en Moscú. 116 años después, y
tras infinitas versiones, se reestrena en Avilés bajo la renovadora visión de
Raúl Tejón.
La
vida hace más de 100 años no difiere tanto de la actual. Con la vida, me
refiero a lo importante de la vida, a lo básico, a lo esencial. El sentido de
la vida, la muerte, el amor, la lealtad, los sueños…
Raúl
Tejón convierte en magnética esta actualización del clásico, exprimiendo lo
mejor de cada uno de los actores con su sola capacidad de expresar y trasmitir.
Escenografía austera de David Pizarro y nulas distracciones externas a los
meros trabajos actorales y texto. Una delicia para el disfrute de unas
soberbias actuaciones.
David
González: Nicolás es el enamoramiento absurdo de una ilusión. Esa
devoción sin recompensa y ese maravilloso metafórico final. David es perfección
en la dicción y esa nobleza de personaje.
Chema
Trujillo: Andrés tiene un proyecto de futuro. ¿Nuestro futuro es el
soñado, el práctico o el obligatorio? Y en el futuro se mira al pasado y no
entendernos. Ahogarnos. ¿Y qué futuro hay ahora? Chema te lo pregunta
directamente, y lo escuchas tan alto…
Sabrina
Praga: Sabrina crece con la obra y maravilla con una actuación más
que meritoria. Natalia pasa de la frivolidad a la malignidad maquiavélica
rozando una tierna “cuasi” locura, con una naturalidad argentina sorprendente.
Emilio
Buale: Alejandro es la renuncia y la resignación. El huracán y la
calma. Conexión total con el público, porque ¿no es tantas veces eso la vida?
Carles
Francino: Vasilio y su presencia que deja sin respiración. Pero en
esta vida hay ironía y violencia… su personaje desagrada, y entonces oírlo
recitar en catalán, y que el momento se
convierta en único.
Fernando
Albizu: Fede es la amedrentada ternura del marido temerosamente
enamorado. Tan bien actuado…tan abrazable…
Antonio
Vico: Esa fantasmagórica actuación con la que arropa a sus niñas
y a la vez la sensación de estar sobrevolando la escena, con una visión superior
de la misma, desde la inmensa soledad de Iván.
Raquel
Pérez: Marsha tiene el volcán dentro y le brota. Marsha es la vida
a borbotones, sus manos y su cuerpo entero lo reflejan. Y esos pasos que parece
que vayan construyendo el escenario. Raquel tiene tantas actrices dentro…
Ana
Fernández: Olga es la candidez amarga en cada gesto, en cada palabra,
en cada postura. Inspira tanta tristeza en el espectador… Qué difícil es
conseguir lo consigue Ana sólo mirando.
Marina
San José: Ay Irina, que con su ilusionada, soñadora y evocadora
juventud nos recuerda la nuestra propia. Marina, que crece con cada personaje,
consigue que la bofetada de la madurez nos pegue a todos los que la miramos y
admiramos desde las butacas, aguantando la respiración… y las lágrimas.
Gracias Raúl Tejón por el trabajo y dedicación que el
espectador aprecia en cada palabra y en cada movimiento. Por acercarnos este
clásico contemporáneo que resume muchas vidas en casi dos horas de gusto
teatral, que como la vida, tantas veces nos ahoga.
Larga vida y mucha gira para estas tres hermanas… de todos.

